Os dejamos con una historia que hemos incluido en la sección “escritores menudos, menudos escritores” aunque no la haya escrito un niño sino un papi. Eso si, que todavía tiene mucho de niño. Seguro que alguno que otro de los que leyáis este cuento os sentiréis identificados con alguna parte del relato.
“¿Me creerás si te cuento que existe un gigante bonachón tan grande que el campanario de la iglesia, que por febrero se puebla de cigüeñas, apenas le rebasa el zapato? Tan grande que a la altura de su rodilla, en un pliegue del pantalón, hay varios nidos de quebrantahuesos y, tanto que su pantalón siempre está mojado, pero no porque se haga pis, sino porque una vez, que de joven fue a dar un paseo por el norte, una borrasca se le enganchó a la bragueta y desde entonces no cesa de orbayar en sus partes.
Tiene dos camisas azul oscuro estampadas de estrellas: en la de verano, más fresquita, el pequeño y juguetón delfín, acompaña nadando al cisne y al águila que vuelan veloces hacia poniente donde se agazapa el escorpión, mientras el boyero, coronado de luminarias, arrea con su látigo a las osas mayor y menor. En la de invierno, de franela, otro gigante, Orión, se enfrenta con escudo y espada al Minotauro, mientras les observan (desde una distancia prudencial) las hermanas Pléyades.
Es tan grande, que al pasar por el medio día tiene que agacharse un poco para no chocarse con el sol y chamuscarse el cogote; y tanto que por la noche acostumbra a leer poesía a la luz ténue de la luna llena.
El caso es que este hombre descomunal tenía un hijo, un bebé con el que le gustaba mucho jugar, darle volteretas, hacerle cosquillas, tirarle al agua… y al que le gustaba mucho dormirse en brazos de su papi (lógico, son tan fuertes y acogedores…) Al gigante también le gustaba mucho acunarle en sus brazos y que el niño jugase con su pelo y su nariz mientras que poco a poco se le iban cerrando los ojos y cayendo la manita; y le gustaba sentir así como iba pesando cada vez más, hasta que se entregaba del todo al sueño.
Pero una noche el bebote se empeñó en dormir toda ella en brazos de su padre, y, cada vez que este intentaba dejarle dormido en su cuna, aquel empezaba a agitarse y a llorar como si por colchón tuviese unas brasas. El inmenso papá por darle gusto, siguió intentando dormirlo en brazos y le acunó y le acunó y le cantó y le cantó y le paseó y le paseó, pero cada vez que aparentaba haberse dormido e intentaba acostarle rompía a llorar y ¡vuelta a empezar!
Así pasaron buena parte de la noche hasta que el sueño, que no lograba vencer al hijo, venció al padre de modo que los párpados se le fueron bajando como telones, la cabeza fue cayendo hacia adelante y los brazos, antes un nido firme, se fueron aflojando hasta descolgarse, dejando caer al niño que caía y caía… viendo pasar a toda velocidad las estrellas de la caminsa de su padre, y caía y caía y se empapó el pijama al atravesar la borrasca ya a la altura de la cintura del gigante, y caía y caía…
Por suerte, por muy deprisa que caigas, recorrer todo el cuerpo de un hombre tan alto lleva su tiempo, de modo que se pasó la noche y salió el sol que, al ver lo que estaba pasando comenzó a brillar con todas sus fuerzas tratando de despertar al gigante, pero el bebote caía y caía… Se agitaban sorprendidas las aves que anidaban en las rodillas del coloso al ver al niño pasar a tanta velocidad, cuando por fin, sacudido por un rayo de sol, el descuidado padre se despertó y, dándose cuenta de lo sucedido, se lanzó presuroso a recoger al niño. Apenas unos instantes antes de llegar al suelo el gigante atrapó al niño en plena caida. Mientras le alzaba de nuevo suspiraba aliviado: imagínate lo que puede pasar si te estrompas desde semejante altura.
El gigante tuvo que acunar y cantar un buen rato para tranquilizar al bebé, que se había pegado un buen susto. Y, también tuvo que respirar hondo varias veces para tranquilizarse él, porque la verdad es que lo ocurrido le hizo enfadar un poco.
Cuando se hubieron calmado, el bebé se acurrucaba para dormirse de nuevo y a su padre no le hubiese importado echarse un ratito, pero aquella mañana el sol había salido con tanto brillo que no había quien pudiera conciliar el sueño, además cada uno tenía que ir a su correspondiente dedicación: el gigante actuaba en cuentos en los que tenía que secuestrar a princesas chillonas y luego dejarse vencer por actores cachas y sin cerebro, y el bebé tenía que practicar su gateo yendo de áquí para allá chupándolo todo y dejándolo lleno de babas y, aunque a cada uno le encantaba su trabajo, ese día estaban tan cansados que no daban pie con bola. Incluso por la tarde, que solían jugar juntos y normalmente se lo pasaban de miedo, se enfadaban cada dos por tres por cualquier tontería.
Aquel fue uno de los días más largos y desagradables de cuantos habían pasado juntos, los desastres y los llantos se sucedían unos detrás de otros. Así se dieron cuenta de que lo mejor era descansar cada uno en su cama toda la noche y al día siguiente darse los buenos días y disfrutar el uno del otro todo lo posible”.
Queremos aprovechar esta historia para lanzar al aire un debate en el que expreséis vuestra opinión acerca de este controvertido tema: el del sueño; en el que hay defensores de, como el gigante, dormir al niño en brazos, dejar que vaya a nuestra cama… y, defensores de aplicar técnicas más rígidas para que el niño aprenda a conciliar el sueño.